Seres queridos

«Hoy todos vosotros sois seres queridos», dijo ayer Eladio Santos en un guiño nominal al grupo que lidera. Y aquel halago dirigido a los asistentes del Festival simboliza bien el ambiente familiar de la primera jornada. Porque este, ya lo hemos dicho, es un evento de matices. Mientras Riff Raff descorchaba el escenario principal con versiones de AC/DC, la zona de ocio infantil se poblaba de niños ávidos por participar en los talleres de pintura.
El eclecticismo continuó con el pop refrescante de Mäbu, sostenido por la singular voz de María Blanco, que dio paso al folk de los gallegos Luar Na Lubre, todo un estímulo para las cientos de personas que no quisieron perderse una parte diurna repleta de sorpresas. Eladio y los Seres Queridos volvieron a hacer sonar las guitarras eléctricas y desgranaron un poderoso repertorio que para muchos fue la gran sorpresa del día.
Vega, cordobesa afincada en La Coruña y pieza clave en la organización, selló la intensidad con que ha vivido la preparación del Festival; rió, bailó y se emocionó, e imprimió todas esas sensaciones a un público que ya abarrotaba el terreno. Tras la actuación de Luz, Di Elas presentó una propuesta original respaldada por las raíces rockeras de sus integrantes. Era el turno de Iván Ferreiro, que adaptó al sonido acústico buena parte de su repertorio en solitario y los temas más emblemáticos de Los Piratas. Las versiones de Tierra, de Xoel López, e Insurrección, en honor a Manolo García, demostraron una vez más el buen hacer del cantante vigués.
Ith, Eme Dj y la invitada más temida, la lluvia, cerraron el cartel de la primera jornada, que corroboró una sensación que ya podía intuirse en los días previos a la inauguración: este Festival ha de venir para quedarse. Celebrémoslo.
Por Alberto Gómez Almendres
Sobre la hospitalidad

Restan apenas unas horas para que se abran las puertas del Festival. El comienzo de cualquier evento tiene a su vez algo de final, de suspiro balsámico tras meses de trabajo con el objetivo de tener todo a punto. Boimorto se convertirá, a partir de mañana y durante dos días, en el epicentro de un original puzzle capaz de encajar música, gastronomía y naturaleza.
Se trata de un espectáculo repleto de contrastes. Porque el Festival de la Luz ofrece el sonido eléctrico de las guitarras de todo un icono del rock español como Rosendo, pero también dispone de un espacio dedicado al ocio infantil. Porque su esencia es rural, como demuestra el mercado de la cosecha, pero sus infraestructuras son las propias de un acontecimiento levantado sobre las tecnologías más modernas. Así, lo que en principio puede ser susceptible de suspicacias se torna en su mayor virtud y en toda una conquista: amalgamar, con fluidez y naturalidad, conceptos de raíces tan diversas.
Los colores de las tiendas de campaña ya adornan el terreno colindante. Comienzan a llegar los primeros visitantes. También continúa el goteo de artistas; hoy ha aterrizado, procedente de Oslo, Chris Barron, a la sazón líder del mítico grupo Spin Doctors. Y, como un paraguas que cubriera todo, sobrevuela la hospitalidad de los vecinos de la zona. Acercan empanadas y bizcochos, información meteorológica y sonrisas. Se han convertido en anfitriones improvisados, y lo hacen con una generosidad que parecía olvidada en un tiempo pasado. Es el caso de Ángel y Cristina, guías insustituibles, o de José de Mogaga. Y de muchos otros. La implicación de todos ellos es el verdadero motor de este festival.
Por Alberto Gómez Almendres
Con los sentidos abiertos

Las carreteras que conducen a Boimorto se pierden entre árboles centenarios y prados enormes. De repente, el tiempo parece tener otra medida. No importa tanto el reloj, y sí la claridad de la que disponga el día, la posición de las nubes o la dirección del viento. Es necesario despojarse de prejuicios, llegar con los sentidos abiertos y desechar cualquier concepto de los festivales musicales que la experiencia haya instalado en nosotros. Los elementos básicos son comunes, sí, pero esto es otra cosa. Porque el verde de los paisajes gallegos, una suerte de naturaleza intacta que se revela como inédita escenografía, traza un itinerario único.
Luz, aquí ‘la de Casal’, es la primera en llegar. Sus botas pisan la hierba con firmeza. Quiere recorrer todo el terreno, ponerse en el lugar de cada uno de los asistentes que en unas horas abarrotarán –entradas agotadas– el recinto, saludar a las decenas de operarios que trabajan como piezas indispensables de un engranaje vertiginoso e ilusionante. Después de ella vendrán Rosendo, Chris Barron, Iván Ferreiro, Christina Rosenvinge, Di Elas, Dover, Luar Na Lubre, Vega y hasta una treintena de nombres que completan el que probablemente es el cartel más heterogéneo de entre todos los festivales españoles.
Ni siquiera el ruido de las obras o el ir y venir de los camiones parecen alterar la calma de la comarca. Uno comprende, entonces, que este festival no llega para alterar su carácter rural, sino para participar de él.
Por Alberto Gómez Almendres